TELE-ACCIÓN. Cuando entré en arquitectura, todo cambió.

Vivir una experiencia. Sentirla. Sufrirla, e incluso padecerla. Dejar pasar el tiempo y volver a empezar, mirando desde fuera lo que ya guardas dentro. Extrañarse.

Llevo una semana entera intentando llevar a cabo este proceso y me cuesta mucho. Cuatro años de carrera, siete asignaturas de proyectos. Dolorosas respuestas.

Primera corrección de proyectos: “¡Esto es horroroso, horroroso, horroroso! Sigue por este camino, que solamente es feo”.

Entrega de DAI1: “Algún día tus ojos se harán sensibles a lo feo. Mientras tanto, lloraremos los demás”.

Corrección de GDA1. Los trabajos se calificaban con A, B o C. A mi me escribieron en el plano: “Esta no es tu guerra”.

Haciendo memoria de mis pasos por la carrera, no podía evitar tener siempre la misma pregunta en mente: ¿Qué haces aquí todavía? Lo siento por no haber sido capaz de cumplir con el enunciado, ni de ir a clase y dar la cara por ello. Suelo ser una chica responsable. Pero he de reconocer que cuando entré en arquitectura, todo cambió.

La carrera la hago por placer. Respeto y admiro a los que disfrutan dibujando arquitectura, pero mi proyecto es otro. Pensaba, cuando entré, que la carrera era el medio para conseguir alcanzar mi fin, mi suelo, ser profesora. Pero tras esta cartografía he descubierto que no. El fin no justifica los medios, y los continuos golpes que me da la carrera no creo que sean argumentables de ninguna manera. Deduzco, entonces, que la carrera es el fin.

Me levanto cada día para ir a clase, madrugo para estudiar y trasnocho para estudiar. Me encanta lo que hago y se me iluminan los ojos cuando digo que estudio arquitectura. La disfruto.

No me apetece dedicarle mi tiempo a los profesores que se ríen de mí porque estoy aprendiendo. No me apetece hablar de mi madre, que es mi carga más grande, al recordarme cada día que sería más feliz en magisterio: “Estás enferma, Rocío, eres Masoka. Odio tener que pagar 1000€ cada cuatrimestre por este capricho tuyo de envejecer antes de tiempo”. No me apetece nada de eso. No he venido a hablar de mi libro. Es más, no he venido. No me apetecía.

Hoy tocaba hacer hamacas y tomar el sol, respirar aire de la sierra un rato.

De nuevo pido perdón por no haber ido a clase. Pero es que cuando entré en arquitectura todo cambió, y ya casi no me reconozco. Resulto ser una extraña, con otro aspecto, otra voz, alguien distinto. Pero siempre es lo mismo. Un extrañamiento.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: